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De hecho, cuando escuchamos a la iglesia de hoy, al menos en Occidente, a menudo nos quedamos con la impresión de que el cristianismo en realidad tiene muy poco que ver con la verdad. El cristianismo se trata solo de sentirnos mejor con nosotros mismos, de superar nuestras dificultades, de estar más satisfechos, de tener mejores relaciones, de llevarnos bien con nuestras suegras, de entender la rebelión adolescente, de lidiar con nuestros irrazonables jefes, de encontrar mayor satisfacción sexual, sobre hacerse rico, sobre recibir nuestros propios milagros privados, y mucho más. Se trata de todo menos de la verdad. Y, sin embargo, esta verdad, encarnada personalmente en Cristo, nos da un lugar para pararnos a fin de enfrentar las complejidades de la vida, como las relaciones rotas, la rebelión adolescente y las inseguridades laborales.