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Todos vivimos en lo sublime. ¿Dónde más podemos vivir? Ese es el único lugar de la vida… Todo lo que nos sucede es divinamente grande, y siempre estamos en el centro de un gran mundo. Pero debemos acostumbrarnos a vivir como un ángel que acaba de nacer, como una mujer que ama, o como un hombre al borde de la muerte. Si supieras que vas a morir esta noche, o simplemente que tendrías que irte y nunca volver, ¿los verías, mirando a los hombres y las cosas por última vez, bajo la misma luz que has visto hasta ahora? ¿a ellos? ¿No amarías como nunca has amado todavía?

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¿Debemos estar siempre advertidos, y solo podemos caer de rodillas cuando alguien está allí para decirnos que Dios está pasando? Si has amado profundamente, no has necesitado que nadie te dijera que tu alma era una cosa tan grande en sí misma como el mundo; que las estrellas, las flores, las olas de la noche y del mar no eran solitarias; que fue en el umbral de las apariencias que todo comenzó, pero nada terminó, y que los mismos labios que besaste pertenecían a una criatura que era más alta, mucho más pura y mucho más hermosa que aquella a quien tus brazos rodeaban.

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Con toda verdad podría decirse que la belleza es el único alimento de nuestra alma, pues en todos los lugares busca la belleza, y no perece de hambre ni aun en la más degradada de las vidas. Porque, en verdad, nada de lo bello puede pasar desapercibido y pasar desapercibido. Quizá nunca pasa sino en nuestra inconsciencia, pero su acción no es menos poderosa en las tinieblas de la noche que a la luz del día; la alegría que proporciona puede ser menos tangible, pero no hay otra diferencia.

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Nada en el mundo entero está tan sediento de belleza como el alma, ni hay nada a lo que la belleza se adhiera tan fácilmente. No hay nada en el mundo capaz de una elevación tan espontánea, de un ennoblecimiento tan rápido; nada que ofrezca una obediencia más escrupulosa al mandato puro y noble que recibe.

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Se necesita muy poco para fomentar la belleza en nuestra alma; tan poco para despertar a los ángeles adormecidos; o tal vez no hace falta despertar — basta que los arrullemos para que no se duerman. Se requiere más esfuerzo para caer, tal vez, que para levantarse. ¿Podemos, sin imponernos restricciones, limitar nuestro pensamiento a las cosas cotidianas en momentos en que el mar se extiende ante nosotros y estamos cara a cara con la noche? ¿Y qué alma hay allí que no sepa que está siempre frente al mar, siempre en presencia de una noche eterna?

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Cada nueva estrella que se encuentre en el cielo prestará sus rayos a las pasiones, a los pensamientos y al coraje del hombre. Todo lo bello que vemos en todo lo que nos rodea, dentro de nosotros ya es bello; cualquier cosa que encontremos en nosotros mismos que sea grande y adorable, eso también lo encontramos en los demás.

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Es bueno creer que se necesita un poco más de pensamiento, un poco más de coraje, más amor, más entrega a la vida, un poco más de entusiasmo, un día para abrir de par en par los portales de la alegría y de la verdad.

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Existe un ambiente superior, en el que todos nos conocemos; y hay una verdad misteriosa, mucho más profunda que la verdad material, a la que recurrimos de inmediato cuando tratamos de formarnos una concepción de un extraño. ¿No hemos experimentado todos estas cosas que suceden en las regiones impenetrables de la humanidad casi astral?

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es porque todos nosotros conocemos este sombrío poder y sus peligrosas manifestaciones, que nos aterra tanto el silencio. Podemos soportar, cuando sea necesario, el silencio de nosotros mismos, el del aislamiento: pero el silencio de muchos, el silencio multiplicado, y sobre todo el silencio de una multitud, son cargas sobrenaturales, cuyo peso inexplicable espanta al alma más poderosa. .

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Es una cosa que no conoce límite, y ante ella todos los hombres son iguales; y el silencio del rey o del esclavo, ante la muerte, o el dolor, o el amor, revela los mismos rasgos, esconde bajo su manto impenetrable el mismo tesoro. Porque este es el silencio esencial de nuestra alma, nuestro santuario más inviolable, y su secreto nunca se puede perder;

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Si le digo a alguien que lo amo, como puede que le haya dicho a otros cien, mis palabras no le transmitirán nada; pero el silencio que sobrevendrá, si en verdad lo amo, aclarará en qué profundidades están las raíces de mi amor, y a su vez dará a luz una convicción, que será ella misma silenciosa; y en el transcurso de la vida, este silencio y esta convicción nunca volverán a ser los mismos. …

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La muerte ha venido y ha hecho expiación por todos. No tengo ningún agravio contra el alma del hombre que tengo delante. Instintivamente reconozco que se eleva por encima de las faltas más graves y de los males más crueles (¡y qué admirable y lleno de significado es este instinto!). Si todavía me queda un arrepentimiento, no es que no pueda infligir sufrimiento a mi vez, sino que quizás mi amor no fue lo suficientemente grande y mi perdón llegó demasiado tarde. …

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Esta bondad invisible y divina, de la que sólo hablo aquí por ser uno de los signos más seguros y cercanos de la actividad incesante de nuestra alma, esta bondad invisible y divina ennoblece de manera decisiva todo lo que inconscientemente ha tocado.

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Que no sea el objetivo supremo de la vida hacer nacer lo inexplicable dentro de nosotros mismos; y ¿sabemos cuánto nos sumamos cuando despertamos algo de lo incomprensible que duerme en cada rincón? Aquí has despertado el amor que no volverá a dormirse. … nada puede jamás separar dos almas que, por un instante, ‘han estado bien juntas.

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Sé bueno en lo más hondo de ti, y descubrirás que los que te rodean serán buenos hasta en lo más profundo. Nada responde más infaliblemente al grito secreto del bien que el grito secreto del bien que está cerca. Mientras seas activamente bueno en lo invisible, todos los que se acerquen a ti inconscientemente harán cosas que no podrían hacer al lado de ningún otro hombre.

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Es el desastre de toda nuestra existencia que vivamos así lejos de nuestra alma, y que tengamos tanto miedo de su más mínimo movimiento. Si le permitiéramos sonreír francamente en su silencio y su resplandor, ya estaríamos viviendo una vida eterna. No hay más que pensar por un instante en lo mucho que logra en esos raros momentos en que le arrancamos las cadenas -porque tenemos la costumbre de encadenarlo como si estuviera enloquecido- lo que hace en el amor, por ejemplo, porque hay le permitimos a veces acercarse a las redes de la vida externa.

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Mirar a los hombres y las cosas con el ojo interior, con su forma y deseo, sin olvidar nunca que la sombra que proyectan al pasar, sobre un montículo o un muro, no es más que la imagen fugaz de una sombra más poderosa, que, como el ala de un cisne imperecedero, flota sobre cada alma que se acerca a su alma. No creas que pensamientos como estos pueden ser meros adornos y sin influencia sobre la vida de aquellos que los admiten. Es mucho más importante que la vida de uno sea percibida que transformada; pues apenas ha sido percibida, se transforma por sí misma.

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Amar al prójimo en las profundidades inconmovibles significa amar en los demás lo que es eterno; porque el prójimo, en el sentido más estricto del término, es el que más se acerca a Dios; en otras palabras, todo lo mejor y más puro en el hombre; y es sólo deteniéndote siempre cerca de las puertas de las que hablé, que puedes descubrir lo divino en el alma.

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Nuestra vida real no es la vida que vivimos, y sentimos que nuestros pensamientos más profundos, es más, nuestros pensamientos más íntimos están bastante separados de nosotros, porque somos otros que nuestros pensamientos y nuestros sueños. Y es solo en momentos especiales, puede ser por mero accidente, que vivimos nuestra propia vida. ¿Llegará el día en que seremos lo que somos? …

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… es que los que hemos amado profundamente hemos aprendido muchos secretos que otros desconocen; porque miles y miles de cosas tiemblan en silencio en los labios de la verdadera amistad y amor, que no se encuentran en el silencio de otros labios, a los que la amistad y el amor son desconocidos. …

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El que se conoce a sí mismo es sabio; sin embargo, tan pronto como adquirimos la conciencia real de nuestro ser, aprendemos que la verdadera sabiduría es algo que yace mucho más profundo que la conciencia. La principal ganancia del aumento de la conciencia es que revela una inconsciencia cada vez más elevada, en cuyas alturas se encuentran las fuentes de la sabiduría más pura.

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Sufrimos muy poco por el sufrimiento mismo; pero de la manera en que lo aceptamos puede surgir una tristeza abrumadora. Nos equivocamos al creer que viene de fuera. Porque, de hecho, lo creamos dentro de nosotros, a partir de nuestra misma sustancia.

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Es sabio quien al fin ve en el sufrimiento sólo la luz que derrama sobre su alma; y cuyos ojos nunca descansan en la sombra que arroja sobre aquellos que la han enviado hacia él. Y más sabio aún es el hombre a quien la tristeza y la alegría no sólo traen aumento de conciencia, sino también el conocimiento de que existe algo superior incluso a la conciencia. Haber llegado a este punto es alcanzar la cima de la vida interior, desde donde por fin contemplamos las llamas cuya luz nos ha ayudado a ascender.

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Porque ¿qué son en realidad las cosas que llamamos ‘Sabiduría’, ‘Virtud’, ‘Heroísmo’, ‘horas sublimes’ y ‘grandes momentos de la vida’, sino los momentos en que hemos salido más o menos de nosotros mismos y hemos haber podido detenerme, aunque sea por un instante, en el peldaño de una de las puertas eternas desde donde vemos que el más leve grito, el pensamiento más incoloro, y los gestos más inertes no caen en la nada; …

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Si la abeja desapareciera de la faz de la tierra, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida.

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Nuestras vidas deben ser gastadas buscando a nuestro Dios, porque Dios se esconde; pero sus artificios, una vez conocidos, ¡parecen tan simples y sonrientes! A partir de ese momento, la más mínima nada revela Su presencia, y de tan poco depende la grandeza de nuestra vida.

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Porque es nuestro deseo más secreto el que gobierna y domina todo. Si tus ojos no buscan más que el mal, siempre verás el mal triunfante; pero si habéis aprendido a dejar reposar vuestra mirada en la sinceridad, la sencillez, la verdad, descubriréis siempre, en el fondo de todas las cosas, la victoria silenciosa y abrumadora de aquello que amáis.

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Antes de que podamos traer felicidad a los demás, primero debemos ser felices nosotros mismos; ni la felicidad morará dentro de nosotros a menos que se la concedamos a otros. Si hay una sonrisa en nuestros labios, los que nos rodean pronto también sonreirán; y nuestra felicidad se hará más verdadera y más profunda a medida que veamos que estos otros son felices. «No es decoroso que yo, que voluntariamente no he causado dolor a nadie, me permita estar triste», dijo Marco Aurelio, en uno de sus pasajes más nobles.