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El mundo es inseparable del sujeto, pero de un sujeto que no es más que un proyecto del mundo, y el sujeto es inseparable del mundo, pero de un mundo que el sujeto mismo proyecta.

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La humanidad no es un agregado de individuos, una comunidad de pensadores, cada uno de los cuales tiene garantizado desde el principio poder ponerse de acuerdo con los demás porque todos participan de una misma esencia pensante. Tampoco es, por supuesto, un Ser único en el que se disuelva la multiplicidad de individuos y en el que estos individuos estén destinados a ser reabsorbidos. Por una cuestión de principios, la humanidad es precaria: cada uno sólo puede creer lo que reconoce interiormente como verdadero y, al mismo tiempo, nadie piensa ni se decide sin estar ya atrapado en determinadas relaciones con los demás, lo que le lleva optar por un conjunto particular de opiniones. Todo el mundo está solo y, sin embargo, nadie puede prescindir de otras personas, no sólo porque son útiles (lo que no se discute aquí), sino también cuando se trata de felicidad.

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El lenguaje significa cuando en lugar de copiar el pensamiento se deja desarmar y volver a unir por el pensamiento. El lenguaje lleva el sentido del pensamiento como una huella significa el movimiento y el esfuerzo de un cuerpo. El uso empírico de un lenguaje ya establecido debe distinguirse de su uso creativo. El lenguaje empírico sólo puede ser el resultado del lenguaje creativo. La palabra en el sentido de lenguaje empírico -es decir, el recuerdo oportuno de un signo preestablecido- no es palabra respecto de una lengua auténtica. Es, como decía Mallarmé, la gastada moneda puesta silenciosamente en mi mano. La verdadera palabra, por el contrario -la palabra que significa, que finalmente hace presente «l’absente de tous bouquets» y libera el sentido cautivo en la cosa- es sólo silencio con respecto al uso empírico, pues no llega a convertirse en un sustantivo común. El lenguaje es oblicuo y autónomo, y si a veces significa directamente un pensamiento o una cosa, es sólo una potencia secundaria derivada de su vida interior. Como el tejedor, el escritor trabaja en el lado equivocado de su material. Sólo tiene que ver con el lenguaje, y es así como de repente se encuentra rodeado de sentido.

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La vida personal, la expresión, el conocimiento y la historia avanzan oblicuamente, y no directamente, hacia fines o hacia conceptos. Lo que se busca demasiado deliberadamente no se obtiene.

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Así, ‘sensación’ y ‘juicio’ juntos han perdido su claridad aparente: hemos observado que sólo lo fueron mientras se mantuvo el prejuicio a favor del mundo. Tan pronto como uno intentó por medio de ellos representar la conciencia en el proceso de percibir, revivir la experiencia perceptiva olvidada y relacionarlos con ella, se encontró que eran inconcebibles. A fuerza de hacer más explícitas estas dificultades, fuimos arrastrados implícitamente a un nuevo tipo de análisis, a una nueva dimensión en la que estaban destinadas a desaparecer. La crítica de la hipótesis de la constancia y, más en general, la reducción de la idea de ‘el mundo’ abrió un *campo fenoménico* que ahora debe circunscribirse con mayor precisión, y sugirió el redescubrimiento de la experiencia directa que debe ser, al menos provisionalmente, asignó su lugar en relación con el conocimiento científico y con la reflexión psicológica y filosófica.”—de_Fenomenología de la Percepción_. Traducido por Colin Smith, pág. 62

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La ciencia y la filosofía se han sustentado durante siglos en una fe incuestionable en la percepción. La percepción abre una ventana a las cosas. Esto significa que se dirige, casi teleológicamente, hacia una *verdad en sí misma* en la que se encuentra la razón que subyace a todas las apariencias. La tesis tácita de la percepción es que en cada instante la experiencia puede coordinarse con la del instante anterior y la del siguiente, y mi perspectiva con la de otras conciencias, que todas las contradicciones pueden eliminarse, que la experiencia monádica e intersubjetiva es un texto ininterrumpido, que lo que ahora es indeterminado para mí podría convertirse en determinado para un conocimiento más completo, que es como si se hubiera realizado de antemano en la cosa, o más bien que es la cosa misma. Al principio, la ciencia ha sido meramente la secuela o amplificación del proceso que constituye las cosas percibidas. Así como la cosa es la invariante de todos los campos sensoriales y de todos los campos perceptivos individuales, así el concepto científico es el medio para fijar y objetivar los fenómenos. La ciencia definió un estado teórico de los cuerpos no sujetos a la acción de ninguna fuerza, y *ipso facto* definió la fuerza, reconstituyendo con la ayuda de estos componentes ideales los procesos realmente observados. Estableció estadísticamente las propiedades químicas de los cuerpos puros, deduciendo de ellas las de los cuerpos empíricos, y pareciendo así contener el plan de la creación o, en todo caso, haber encontrado una razón inmanente en el mundo. La noción de espacio geométrico, indiferente a sus contenidos, la de puro movimiento que por sí mismo no afecta las propiedades del objeto, dotó a los fenómenos de un marco de existencia inerte en el que cada acontecimiento podía relacionarse con las condiciones físicas responsables de los cambios que se producían. , y por lo tanto contribuyó a esta congelación del ser que parecía ser la tarea de la física. Al desarrollar así el concepto de cosa, el conocimiento científico no era consciente de que estaba trabajando sobre una presuposición. Precisamente porque la percepción, en sus implicaciones vitales y anterior a todo pensamiento teórico, se presenta como percepción de un ser, no se consideró necesario que la reflexión emprendiera una genealogía del ser, y por tanto se limitó a buscar las condiciones que hacen posible el ser. . Incluso si se tuvieran en cuenta las transformaciones de la conciencia determinante, incluso si se concediera que la constitución del objeto nunca se completa, no había nada que añadir a lo que la ciencia decía de él; el objeto natural seguía siendo para nosotros una unidad ideal y, en las famosas palabras de Lachelier, una red de propiedades generales. De nada servía negar todo valor ontológico a los principios de la ciencia y dejarlos sólo con un valor metódico, pues esta salvedad no suponía ningún cambio esencial en lo que a filosofía se refería, ya que el único ser concebible quedaba definido por el método científico. El cuerpo viviente, bajo estas circunstancias, no podía escapar a las determinaciones que por sí solas hacían del objeto un objeto y sin las cuales no habría tenido lugar en el sistema de la experiencia. Los predicados de valor que le confiere el juicio reflexivo debían sustentarse, en el ser, en un fundamento de propiedades físico-químicas. En la experiencia ordinaria encontramos una adecuación y una relación significativa entre el gesto, la sonrisa y el tono de un orador. Pero esta relación recíproca de expresión que presenta el cuerpo humano como la manifestación externa de una cierta manera de ser-en-el-mundo, tenía que ser resuelta, para la fisiología mecanicista, en una serie de relaciones causales.”—de_Fenomenología de la Percepción_. Traducido por Colin Smith, págs. 62-64—Ilustraciones de Cristian Boian

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Estando establecido en mi vida, apuntalado por mi naturaleza pensante, anclado en este campo trascendental que me fue abierto por mi primera percepción, y en el que toda ausencia es meramente el anverso de una presencia, todo silencio una modalidad del ser del sonido. , disfruto de una especie de ubicuidad y de eternidad teórica, me siento destinado a moverme en un fluir de vida sin fin, cuyo principio y final no puedo experimentar en el pensamiento, ya que es mi yo viviente quien los piensa, y dado que así mi vida siempre se precede y sobrevive a sí misma.